LA MARRANA


17 Dec
17Dec

Versus es un difícil concurso entre escritores, promovido por El Edén de los Novelistas Brutos, en el que se van eliminando los textos por votación. Quiero compartir con vosotros el texto de la primera ronda: es uno de los que más me he divertido escribiendo este año 2018. La consigna era: 

Daniel Canals Flores. Relato bélico. En el mismo, incluye dos frases de la canción 19 días y 500 noches de Sabina, pero no han de ser seguidas. Puede ser de una estrofa y del estribillo, pero no las dos del estribillo o de la estrofa. Las puedes poner en diferentes párrafos del texto, pero no en el mismo.


La orden directa provenía del propio General. Quería que yo mismo, el único superviviente de la masacre, relatara lo acontecido plasmándolo en un informe. Aún no sé, si para cubrir el expediente de las bajas con más exactitud o como relato dedicado a la posteridad.

Como no me lo habían indicado, decidí seguir el camino del relato y mientras en la radio sonaba una canción melancólica, empecé a escribir la cruel historia en las gastadas hojas del cuaderno de campaña. Deduje que después de mi trabajo, alguien se molestaría en pasarlo a limpio mecanografiando, para presentarlo a los ojos del General.

Puse por título: “Diario de un soldado afortunado”.

“Amaneció con frío y una espesa niebla que abarcaba todo el entorno. No se distinguía una tienda de campaña de la otra. Adormilados, nos dispusimos a vestirnos y luego a preparar un rápido y maloliente café. Era la rutina de siempre desde que habíamos entrado en aquella zona infecta. Te levantabas con grandes ronchas coloradas provocadas por las picaduras de unos mosquitos que nunca eras capaz de ver, pero si de oír. Parecían cazas aéreos nocturnos sin luces.

El sargento mayor empezaba a gritar nada más levantarse. Nos lo imaginábamos haciendo lo mismo en su casa dando órdenes a las gallinas y a los gorrinos de su granja al amanecer.

—¡Venga, inútiles, en marcha! ¡El que no haiga desayunao que se joda!

El hombre era un dechado literario en todas sus apreciaciones y se distinguía por tener una empatía absoluta hacia los demás.

Cargamos los bártulos y rascándonos por todos los lados, empezamos otra pesada marcha a través de aquel inmenso pantano. El hombre abría el camino con su gran corpachón y los demás del grupo lo seguíamos chapoteando detrás de él. La columna estaba formada por quince hombres incluyendo al Sargento.

Cerca del mediodía, en un momento dado, levantó el antebrazo con el puño cerrado parando toda la columna en mojado. Un sol abrasador atravesaba las copas de los árboles creando formas difusas en el vapor de la eterna niebla que reinaba allí.

Poniendo cara de experto explorador, vimos como su nariz empezaba a olfatear el pútrido ambiente, siendo capaz de distinguir entre los aromas algo que había marcado la diferencia, un olor que no debía estar allí.

—¿Qué ocurre mi Sargento? —pregunté algo asustado.

De pronto lanzó una horrible risotada que retumbó alrededor.

—¡Ja, ja, ja! He olido el culo de una marrana y si nos espabilamos esta noche cenamos tocino. Si la encontramos pronto igual alguno de vosotros puede pinchársela y todo, aunque recordad, está prohibido enamorarse. ¡Ja, ja, ja!

Con este hombre no sabíamos nunca si bromeaba o estaba diciendo la verdad. Pero empezamos a prestar atención al entorno por si alguno veíamos a tan preciado animal. La mayoría estábamos con hambre atrasada y otros, los menos, con ganas de cariño…

Seguimos la marcha despacio, poniendo los cinco sentidos en ello, mientras todos los bichos del pantano aprovechaban para alimentarse de nosotros en aquel ambiente infernal. Había incluso unas sanguijuelas grandes como ratones.

Media hora más tarde, el sonido fue perceptible por casi todos, ¡oink, oink, oink! Aquello era un cerdo, sin duda, y además de gran tamaño. Empezamos a salivar pensando en las posibilidades culinarias, y aquí fue donde empezaron los problemas.

Cuatro del pelotón, los que marchaban más retrasados, se perdieron en la asfixiante niebla al salir de la columna persiguiendo lo que ellos consideraban que era el animal. No los volvimos a ver jamás.

El resto, pegados al Sargento, esperábamos sus instrucciones con los fusiles preparados.

—No os mováis, vamos a dividirnos, tres hombres por la izquierda, tres por la derecha y el resto esperad aquí por si aparece asustado y se dirige hacia vosotros.

Dividir al grupo fue el segundo error, en aquel lugar cambiante, todos los escenarios eran parecidos o iguales por completo. Me uní al equipo del Sargento y seguimos sus pasos con medio palmo de fango incrustado en las botas. Era difícil avanzar por allí, aunque nos animamos al pensar que tampoco sería fácil para la marrana. Y de pronto… ¡Boom! Estalló una mina matando a los tres que se habían adentrado por la derecha. Los gritos y el pánico no tardaron en aparecer y debido a que los hombres comenzaron a correr sin sentido ni orientación ninguna, empezaron a estallar más minas de fragmentación. Aquello fue una auténtica y estúpida carnicería.

Luego nos envolvió el silencio.

De un grupo de quince hombres, solo quedábamos tres y el gorrino que nadie era capaz de encontrar. Los ojos del Sargento brillaban extraños, con un asomo de locura.

—Os juro por mi madre que esta cerda va a ser mía, aunque me tenga que quedar solo en el Universo. Ahora es una cuestión de honor.

Estaba tan obcecado que volvió a cometer el mismo fatídico error, dividirnos. Ordenó que fuéramos cada uno por un lado con las armas preparadas y al mínimo asomo porcino debíamos disparar sin compasión. Por nuestros compañeros, aquella caza se había transformado en una venganza.

Avancé sigiloso mirando al suelo con el temor de pisar algún artefacto en aquel jardín de minas explosivas y pensé «a ver si tenemos suerte y el propio cerdo pisa una de ellas. Así no tendremos que cocinarlo y mataríamos dos pájaros de un tiro».

Empezaba a disminuir la luz solar y no tardaría mucho en oscurecer. Sonó una ráfaga de fusil a la derecha, y empecé a marchar en esa dirección con la esperanza de que el Sargento hubiera abatido a la presa.

Nada más allá de la realidad, el Sargento había disparado contra el otro superviviente confundiéndolo entre los matorrales. Yacía muerto en el suelo.

Me miró, con la locura desbordándole por la cara, medio llorando y riendo a la vez, cayó de rodillas en el suelo oyéndose un característico clic. Se había derrumbado encima de una mina de presión.

Juro que intenté ayudarle pero no se podía hacer nada por él. Encendí un cigarrillo, se lo lancé y mientras me alejaba de espaldas al lugar, oí la tremenda explosión”.

Hasta aquí la versión para el General. Me cuentan que tras leer mi relato, ordenó destruir el documento y realizar otro de carácter oficial con un mensaje típico y más lacónico:

“Pelotón atacado por hordas enemigas es masacrado en el interior del pantano. Catorce fallecidos y un solo superviviente que recibe la baja definitiva del cuerpo con un ascenso por el valor demostrado”. Así se solucionaban las cosas allí.

La realidad es que tras la onda expansiva, caí al suelo y permanecí en posición fetal con los ojos cerrados. De pronto me vi como un perro de nadie, ladrando, a las puertas del cielo. Solo y abandonado, hasta que…una inmensa lengua sonrosada empezó a lamerme la cara y a llenármela de babas.

Era una cerda soldado, rusa con toda seguridad, preparada para el combate porque estaba pintada de camuflaje con franjas verdes y negras. Por eso fue imposible verla.

Aquel animal había sido adiestrado para confundir al enemigo y causar confusión entre sus filas, llevándolos mediante engaño a las zonas minadas. Llevaba en su haber más de quinientas bajas enemigas y la llamaban con cariño “La Bruja del pantano”.

Nos había cazado la marrana a nosotros llevando al desquicio a la columna con sus insinuantes gruñidos. Por un instante pensé en cargármela allí mismo, pero sus ojillos destilaban una ternura inusual. Brillaban como dos luceros y acabé abrazándome a ella. Tanto la quería, que tardé en aprender a olvidarla diecinueve días y quinientas noches.

 

 

 

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